En nuestra sociedad, que por todos los medios busca el bienestar y la felicidad, ¿no parece un signo anticuado e impertinente la ceniza?
Sin embargo, entre los signos característicos y los gestos simbólicos con que la Iglesia se propone expresar el camino de la Cuaresma hacia la Pascua, la imposición de este símbolo el Miércoles de Ceniza, es uno de los más representativos y elocuentes.
¿Cuál es entonces la significación de este gesto? El primer sentido que nos puede recordar la ceniza es nuestra débil y caduca condición humana. Basta entretenernos un momento leyendo las primeras páginas de las Sagradas Escrituras, para escuchar qué nos dicen: “Dios formó al hombre con polvo del suelo…” (Gn. 2,7). Eso es lo que significa el nombre de ‘Adán’. Y un poco más adelante se le recuerda que este será precisamente su fin: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado” (Gn. 3,19).
El polvo de la tierra es el origen y el destino del hombre, en lenguaje metafórico y a la vez muy realista.
Esto nos invita a ser humildes. La palabra ‘humildad’ viene de ‘humus’, tierra. Son muchas las citas bíblicas que nos hablan de esta verdad, recordemos algunas solamente:
“Polvo y cenizas son los hombres” (Si 17,32).
“Todos expiran y a su polvo retornan” (Sal. 104,29).
“En verdad es atrevimiento el mío al hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gn. 18,27).
Por tanto amigos lectores, creo que recordar, al menos una vez al año y precisamente en el inicio del itinerario cuaresmal, que somos polvo y en polvo nos vamos a convertir, es dejar pasar por el corazón una verdad que nos hace bien tenerla siempre en cuenta.
Por otra parte, debemos decirlo también: la grandeza del hombre es innegable. Dios nos ha hecho a imagen y semejanza suya. Somos imagen de Dios, el Señor del universo y Creador de todas las cosas. Pero a la vez, no somos nada. La fragilidad de la vida humana, su marcha inexorable hacia la muerte, nos coloca ante la obligación de considerar la importancia de ser verdaderamente humildes.
Una costumbre introducida en el siglo XII, sugiere que las cenizas que se han de imponer sobre la cabeza de los fieles, sean el producto de las ramas de olivos conservadas desde el domingo de ramos del año precedente, de tal manera, se puede así recordar que aquello que fue signo de victoria y de vida, se ha convertido de pronto en ceniza.
¿No les parece éste un ejercicio de humildad que se demuestra muy sano, no en clave de angustia, pero si de seriedad, sobre todo cuando se está saliendo recién de la algarabía y los excesos del carnaval?
Pero digamos también esto: son cenizas de resurrección las de este comienzo de cuaresma. Cenizas pascuales. Nos recuerdan que esta vida que tanto queremos y a la que nos aferramos, y que aunque bella, incluye la cruz, la muerte, la renuncia, mira hacia un horizonte de plenitud y gloria y se deja alcanzar por la gloriosa vida del Señor Jesús.
Hagamos propicio entonces este tiempo litúrgico para centrar nuestra mirada en lo esencial de nuestra existencia, de modo que, la tierra frágil que nos constituye, sea también fértil y por ello capaz de producir frutos duraderos, tal cual nos lo ha pedido aquel que vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
¡Paz y Bien!