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Marzo 2010
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n. 3


La Basílica de San Antonio
www.caritasantoniana.org
Casa del Pellegrino

Vida Antoniana

Peregrinación por tierras de Turquía

TRAS LAS HUELLAS DE SAN PABLO

“Nuestra fe y nuestra Iglesia son peregrinas. No quedan establecidas, encerradas ni atrapadas en ningún lugar, ni pueblo, ni tiempo, ni cultura, peregrinan sin pausa por los pueblos y por la historia”.

por por Jorge Fernández

Los miembros del gobierno general de la Orden en la Iglesia de Santa María en Capadocia.
Los miembros del gobierno general de la Orden en la Iglesia de Santa María en Capadocia.


Todos los miembros del gobierno general de la Orden de Fraile Menores Conventuales, encabezado por el Ministro general fray Marco Tasca, llevamos a cabo una peregrinación visitando aquellas que fueran las primeras comunidades de los tiempos nacientes de la Iglesia, en el territorio de la actual Turquía; comunidades fundadas y formadas en su gran parte por el Apóstol Pablo y sus colaboradores. La peregrinación, fue guiada por el Ministro provincial de la Provincia patavina ‘San Antonio de Padua’, fray Gianni Cappelletto.
Este ha sido un acontecimiento de intensa vida fraterna, de oración y reflexión para todos los miembros del gobierno general.
No siendo posible reportar todas las visitas y acontecimientos vividos, he aquí una breve síntesis de algunos de los momentos más significativos.

En Tarso, evocando la
conversión de San Pablo
Bajo una persistente lluvia llegamos a visitar Tarso, donde naciera Pablo, que fue un joven judío de vida religiosa escrupulosa, radical y muy ortodoxa. Practicante estricto de las leyes del judaísmo, estaba convencido que a través de estas prácticas se ganaba el derecho a la gracia de Dios y a la salvación. Será incluso uno de los perseguidores de los cristianos (Hch 22,3-5), considerándolos detractores del judaísmo, siendo testigo cómplice de la lapidación martirial de Esteban.
Pero mientras en una ocasión viajaba a Damasco, con la consigna y autorización para perseguir y encarcelar cristianos, “cayó en tierra”; esta imagen tal vez nos está diciendo en profundidad que fue desmontado de sus propias estructuras de fe, centrada y basadas en los méritos del propio esfuerzo, en las conquistas logradas por cumplir la ley. Al oír la voz del Señor, Pablo planteó una pregunta fundamental para todo creyente: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”. Este relato nos trae también a la memoria la experiencia de conversión y fe del joven Francisco de Asís.
Pablo pasó a ser un cristiano, convencido que sólo la gracia de Dios puede salvar. Ningún mérito humano puede merecer y ganar la salvación. Las buenas obras son una manifestación, un signo, una señal de todo el amor y la misericordia que Dios nos regala, pero no una condición ni un requisito para ganar la bondad de Dios.

Antioquia del Orontes: la fuerza de la misión de los laicos
Antioquia será siempre para los cristianos una referencia de la potencia de la misión de los laicos, ya que la comunidad de allí nació como simple congregación de los cristianos en sus casas para compartir la palabra y orar. Sólo posteriormente llegará uno de los Apóstoles, Bernabé, para confirmar y ayudar a profundizar la fe ya vivida y compartida por los cristianos de Antioquia.
Será también en Antioquia donde tendrá lugar el debate y se definirá uno de los principios esenciales del cristianismo: “no es necesario circuncidarse y hacerse hijo de Abraham para recién después devenir cristianos”. Al principio algunos de los apóstoles y de los primeros creyentes cristianos, sostenían y exigían a la gente proveniente del paganismo que se circuncidaran, para recién después bautizarse y ser cristianos.
Este debate, para nada fácil, entre los que anunciaban la Palabra a los judíos, encabezados por el Apóstol Pedro, y aquellos que la anunciaban entre los gentiles, encabezados por el Apóstol Pablo tuvo como eje histórico la comunidad de Antioquia (Cf. Gal 2).
También en Antioquia quedaron memorables páginas de fe, radicalmente vivida, escritas por la vida de San Simeón estilita, el joven -siglo V-. El mismo, vivió, por más de cuarenta años, sobre una columna de quince metros de altura, emplazada en la cima de un monte, con una extraordinaria vista y a la vista de toda la comarca circundante. Actualmente recubierta por retazos grisáceos de olivares bajos. Allí vivía, predicaba y celebraba, allí acudía la gente a hablar con él, a escucharlo y recibir sus consejos. Sí, estaba como colgado del cielo y a la vez elevado de la tierra, para estar más cerca de Dios sin estar tan lejos de la gente.

Capadocia:
alegrías y fatigas de la vida comunitaria
El paisaje de Capadocia es de una belleza rara y única en el mundo. Su topografía está adornada por montañas de origen volcánico, ceniza y lava, que sometidos a la acción del viento y el agua fueron adquiriendo exóticas formas: de gigantescos hongos, de copos de nieve, de conos, de animales, etc. Este material es relativamente blando para excavar y esculpir, lo cual ha sido aprovechado por los habitantes de las diversas épocas de la historia para construir viviendas, y hasta ciudades, excavadas en las mismas piedras.
En Capadocia, particularmente en el valle de Goreme, se constituyeron algunas comunidades de monjas y monjes, que escaparon de la sociedad imperial que dejó de perseguir el cristianismo y lo asumió como religión oficial, en el siglo IV, siendo obligatoria su profesión para todos los ciudadanos. El bautismo obligatorio y extendido a todos hizo que la práctica de la fe ya no fuera tan radical ni exigente.
Aquellos monjes y monjas optaron por una vida radical de pobreza, trabajo, oración y vida en comunidad, en contraste y alternativa de la vida solitaria de los eremitas. Ciertamente vivir en comunidad comporta ventajas pero también tantas dificultades: de convivencia, de dialogo y respeto, de armonización, de encuentros, desencuentros y reconciliaciones, etc.
Capadocia ha dado a la Iglesia y al mundo eximios frutos de santidad: San Gregorio de Nacianzo, San Basilio Magno y San Gregorio de Nisa, entre los más destacados.
Se aprecian aún en el lugar la herencia de las iglesias rupestres, con sus pinturas y esculturas, como así los monasterios con sus habitaciones y espacios comunitarios, que testimonian el trabajo la fe y la vida toda de aquellas comunidades.

Antioquia de Pisidia:
el rechazo a la Palabra
Llegados a las ruinas de la otrora gran ciudad de Antioquia de Pisidia, cubierta ahora en su mayor parte de tiempo, tierra y hierbas, sin embargo aún se insinúa el esplendor de aquellos tiempos.
En el lugar donde emergen los restos de una sinagoga, evocamos, reflexionamos y rezamos con el relato del discurso que San Pablo, acompañado por Bernabé, dirigiera a los judíos en ésta como en sinagogas de otras ciudades de aquel tiempo. Pablo presentaba una síntesis de la historia de la salvación y de las promesas de Dios al pueblo elegido y cómo éstas alcanzaban su realización y plenitud en Jesucristo, el cual murió en la cruz y fue resucitado por Dios, dando así cumplimiento a cuanto está anunciado en las escrituras.
Muchos gentiles creyeron en la Palabra anunciada por Pablo y Bernabé, lo cual generó celos y envidias de parte de las autoridades judías que comenzaron a injuriarlos y a promover insidias contra ellos. Finalmente, lograda la aversión de las mujeres y hombres notables de la ciudad contra los apóstoles, comenzó la persecución contra éstos hasta expulsarlos de la ciudad.
En medio de estas dificultades, el libro de los Hechos nos dice que “los discípulos estaban plenos de alegría y del Espíritu Santo”. Es que la consolación de Dios no está fuera, antes o después de las dificultades, sino inmersa en ellas. ¡Es en el corazón mismo del sufrimiento donde la consolación del Señor nos sostiene! De lo contrario sería imposible soportarlos. La alegría de los discípulos no radicaba en el éxito de la misión sino en la gracia de anunciar la Palabra y dar testimonio de la propia fe. El sembrador está llamado a sembrar, de allí a cuánto fruto rendirá la siembra es una cuestión que queda en manos de Dios.

Laodicea: la comunidad que necesitaba
colirio para los ojos de su alma
Pammukkale o Hierápolis, es una ciudad histórica que ha sufrido y sobrevivido a innumerables terremotos y pestes a lo largo de la historia, reconstruyéndose una y otra vez. Emplazada en una terraza natural formada en la ladera de una montaña, esconde públicamente el secreto de su supervivencia en la calidad de sus aguas termales. Estas, ricas en calcio, han recubierto la montaña con un manto blanco, extraordinariamente fascinante a los ojos, de allí su nombre que significa ‘fortaleza de algodón’. Por siglos y siglos han ido allí ricos señores de muchos países a vivir, a curarse, a pasar la ancianidad e incluso a morir; uno de sus huéspedes más famosos ha sido Alejandro Magno.
Muy próxima a Pammukkale se hallaba la comunidad cristiana de Laodicea, rica por el intercambio que generaba dicha cercanía y por la producción de tejidos de lana y el mejor colirio del imperio. Pero la riqueza se había vuelto una enemiga de la fe de los laodiceanos, se acostumbraron a una vida de bienestar y comodidad, conformándose con vivir una fe mediocre, tibia, sin desafíos. En la carta dirigida a esa iglesia el autor del libro del Apocalipsis -el Apóstol Juan- les dice que ojalá fueran fríos o calientes, pero al ser tibios son dignos de ser vomitados y los exhorta a comprar ‘oro puro’ -la Palabra-, y ‘colirio’ -el Espíritu Santo, que hace ver con los ojos de Dios- (Cf. Apoc 3,14-22).
Pareciera ser que la fe y la riqueza material no se llevan bien. El tiempo paradigmático de fidelidad al Señor del pueblo de Israel fueron los duros cuarenta años transcurridos en el desierto, fidelidad venida a menos al entrar en la tierra prometida. Igualmente hoy, el cristianismo languidece en la rica Europa, en los países del norte de América y cobra ímpetus renovados en los pueblos jóvenes y empobrecidos de América Latina, Asia y África.

Éfeso: en la casa de Juan y María

Nuestra peregrinación nos condujo hasta la casa que fuera residencia de María, la Virgen, y del apóstol Juan, aquel que apoyara su cabeza sobre el corazón de Jesús en la última cena y a quien el Señor confiara su Madre. Con certeza Juan vivió en Éfeso y con toda probabilidad María junto a él. La casa, desaparecida por mucho tiempo, fue descubierta gracias a la visiones de la mítica alemana Katherina Emmerich, que ofreció datos de sorprendente exactitud topográfica, pese a no conocer el lugar. Hasta esta casa peregrinan cristianos católicos, ortodoxos y también musulmanes y hasta algunos papas: Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. La casa fue reconstruida con materiales rescatados de la basílica dedicada a la Virgen, siempre en Éfeso, construida luego del Concilio que tuviera lugar allí -año 431- y en el que se proclamara el dogma de la maternidad divina de maría –Theotokos-. María ha peregrinado con la Iglesia balbuciente y la Iglesia sigue peregrinando con ella a través de la historia y de los siglos.
Visitamos y rezamos también ante la tumba del apóstol Juan, el joven discípulo amado, el único que tuvo el coraje de permanecer al pie de la cruz, junto a María y las demás mujeres (Jn 19,25-27), el mismo que tuviera la valentía de identificar al emperador con una de las bestias del Apocalipsis, lo cual le valió el exilio hasta su muerte.
En Éfeso renovamos nuestras promesas bautismales, pues el apóstol Juan exhorta a los efesinos a recordar y profundizar el amor primero, a no dejar que la llama de la vocación bautismal quede escondida entre las cenizas del tiempo, de la cotidianeidad y así enfriar la pasión por Cristo y por la humanidad. (Apoc 2,1-7).


Ser cristiano hoy en Turquía
Turquía, en cuyo territorio actual, la Iglesia viviera el esplendor de su aurora en la historia, cuenta hoy con 72.000.000 de habitantes, de los cuales sólo un 0,2% son cristianos, de diversas confesiones, realmente una mínima expresión. Aquí hay tres obispos, un puñado de sacerdotes, religiosos y religiosas, que no pueden anunciar públicamente su fe, ni siquiera portando signos externos de consagración, pues el proselitismo religioso está prohibido, si bien desde los minaretes de las mezquitas los muecines elevan sus voces cinco veces por día para llenar con sus oraciones las ciudades y pueblos y esto no viene visto como proselitismo.
Nuestros hermanos y hermanas llevan adelante una misión de simple presencia, pues donde dos o tres se reúnen en el nombre de Cristo allí está él mismo. Acompañan y comparten la vida con los pocos cristianos que componen las comunidades. A veces abren los templos por si alguien ingresa y pregunta, entonces pueden responder e informar. Los que más se suelen acercar son los jóvenes, particularmente estudiantes universitarios, a veces con espíritu de polémica, pero Dios sabe escribir derecho sobre renglones torcidos. Aquí se está “no para convertir sino para convertirse” como decía el padre Andrea Santoro, asesinado en el 2006 mientras leía la Biblia en turco.
Esta es una clara muestra de que nuestra fe y nuestra Iglesia son peregrinas. No quedan establecidas, encerradas ni atrapadas en ningún lugar, ni pueblo, ni tiempo, ni cultura, peregrinan sin pausa por los pueblos y por la historia.

Oración
Pedimos a la Virgen María, al apóstol Pablo, al apóstol Juan, a San Ignacio de Antioquia, a San Basilio Magno y a todos los santos y santas que esta tierra turca viera nacer, crecer y morir, que intercedan por este pueblo, que intercedan también por nuestra familia franciscana conventual, en especial por nuestras misiones, y por toda la Iglesia esparcida por el mundo entero.
¡Amén!






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