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Julio 2010
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n. 7


La Basílica de San Antonio
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Casa del Pellegrino

Aniversario

Bicentenario de los Países Latinoamericanos

EL PERÍODO POST INDEPENDENTISTA

Seguimos hablando en esta nota de la independencia de los países latinoamericanos para unirnos a las celebraciones de este bicentenario, deteniéndonos en esta ocasión en los problemas que conllevó el nuevo orden político, económico y también religioso.

por Pedro Siwak

Seguimos hablando en esta nota de la independencia de los países latinoamericanos para unirnos a las celebraciones de este bicentenario, deteniéndonos en esta ocasión en los problemas que conllevó el nuevo orden político, económico y también religioso.
Seguimos hablando en esta nota de la independencia de los países latinoamericanos para unirnos a las celebraciones de este bicentenario, deteniéndonos en esta ocasión en los problemas que conllevó el nuevo orden político, económico y también religioso.
Al llegar a la vida independiente las autoridades de los países latinoamericanos se encontraron con la necesidad de establecer un nuevo orden, para reemplazar a las estructuras coloniales y transformar los sistemas mercantiles. Porque la etapa previa había sido una convivencia con los españoles, pero ahora los partidarios de la corona -salvo los que desde un principio demostraron sus simpatías por la independencia- empezaron a sentirse malmirados y quienes estaban en buena posición temían sufrir represalias y humillaciones.
Las nuevas autoridades tomaron plena conciencia de haber asumido un camino sin retorno, en el que la vida era lo que estaba en juego. Una frase sintetizaba el estado de ánimo de los nuevos dueños: victoria o muerte.
Dirigir a los países latinoamericanos no resultó una tarea sencilla para los nuevos gobernantes que se veían amenazados por la violencia cuando no lograban resultados. Pero además, la amenaza de un retorno español estuvo desde un principio como una amenaza latente, y el reclutamiento de la tropa resultó una muy difícil tarea en el Río de la Plata, Venezuela y México, y también en menor medida en la antigua Nueva Granada -primer nombre de Colombia- y Chile, porque era necesario primero realizar una movilización política para lograr disciplinar la tropa.
Para el ordenamiento del poder se recurrió a los hombres que habían armado sus propios ejércitos en los años previos, a quienes debían pagarles por el servicio que prestaban. Las milicias eran integradas por el criollaje, hombres duros que sentían una particular devoción hacia su líder.
Se calcula que en esa época la población de los distintos países estaba integrada por aproximadamente un 20% de blancos, un 26% mestizos, un 46% indios y un 8% negros; los blancos estaban casi todos concentrados en las ciudades. El movimiento emancipador -esencialmente urbano-, fue dirigido sólo por los blancos criollos en defensa de sus intereses.
En los distintos países se dio de inmediato la libertad a los esclavos negros, aunque en distintas fechas. Mientras en la Gran Colombia -integrada por Venezuela, Colombia y Ecuador- la supresión se produjo en 1821; en Argentina, desde el convenio de 1839 a la Constitución de 1853; en Uruguay en 1846; en Paraguay en 1842; en Chile entre 1839 y 1842; en Perú en 1850; en México entre 1810 y 1829-37; en América Central en 1824 y en Brasil en 1888.
Al indio se le consideró parte integrante de la nueva sociedad, pero a ninguna de estas razas se le permitió llegar a cargos de gobierno. Los mestizos en cambio lo harían rápidamente.

Inglaterra: el nuevo proveedor
A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, Inglaterra produjo una serie de cambios que modificaron la visión del mundo. Por un lado originó una revolución política al iniciar el parlamentarismo; en lo económico alentó el liberalismo capitalista, en el técnico instaló el maquinismo; en el campo intelectual el empirismo en ciencias y en la teoría política el contractualismo individualista.
Pero fue sin duda la máquina de vapor, el telar mecánico y el perfeccionamiento de la máquina de tejer los que generaron la revolución industrial en Inglaterra. Y los motores de combustión incorporados a sus grandes buques promovieron la expansión industrial convirtiéndola en la nueva potencia mundial.
Los ingleses vendían productos manufacturados y en las colonias adquirían las materias primas necesarias para su elaboración, especialmente la lana. Los españoles, que dependían de la explotación del oro y de la plata americana, habían vendido materia prima que las colonias estaban en condiciones de producir.
Los ingleses inundaron la plaza con sus productos con precios mucho más económicos. Los saltillos mexicanos fabricados en Glasglow, los ponchos con guardas pampas de Manchester y la platería de Sheffield que imitaba a la de Toledo, eran ofrecidos a mitad de precio.
Este aluvión de productos industriales trajo consecuencias nefastas para los pequeños artesanos, incapaces de poder competir. Fue así que en algunas ciudades se produjo una reacción en defensa de estos trabajadores y los caudillos comenzaron a ejercer un rol que recibió el apoyo de la población cuestionando a las autoridades que no veían o no querían ver el perjuicio que se cometía al sector más indefenso de la población.
Pero la dirigencia local prefirió seguir adquiriendo los bienes de mejor calidad a menor precio -algunos eran suntuarios-, haciendo caso omiso a los reclamos de quienes perdían sus fuentes de trabajo.

La presencia de la Iglesia
en la gesta independentista
La continuación del estado de guerra significó grandes erogaciones para el mantenimiento de mejores ejércitos y para ello fue necesario confiscar bienes.
La politización en la Iglesia fue un hecho inevitable. Obispos y sacerdotes adictos a la causa española fueron expulsados o apresados y reemplazados por miembros del clero patriota. Y los predicadores fueron obligados a cumplir su tarea adaptándose a las nuevas circunstancias, so pena de ser encarcelados.
Los sacerdotes patriotas asumieron un rol destacado en la gesta independentista y fueron los primeros en donar al ejército los vasos sagrados, los ornamentos, sus esclavos y ganados de tierras eclesiásticas.
Pero cuando los bienes no se daban, la Iglesia era despojada de las propiedades que poseía. Bernardino Rivadavia en Argentina intentó en 1824 la constitución de una Iglesia nacional, confiscó bienes y pretendió la reorganización de las órdenes religiosas. Dos años más tarde en Bolivia se expropiaron los conventos y en 1830 sucedió lo mismo en Nicaragua y Colombia en 1861. Al perder todas las propiedades que habían heredado en tiempos de la Colonia, clérigos y religiosos tuvieron que vivir en adelante sólo de la contribución de los fieles.
Pero el mayor problema para la Iglesia latinoamericana fue su divorcio con Roma. El patronato regio que el Papa concedió en su momento a España -medida de la que posteriormente se lamentó la Santa Sede- consistió en darle las atribuciones a la corona para la designación de obispos a cambio de su mantenimiento, que por cierto fue generoso. El otro problema consistió en que Roma no aceptaba la independencia a los países latinoamericanos, haciendo causa común con la corona. Los sacerdotes se encontraron así por lo general sin obispos -desplazados por hacer causa común con España- y sin autoridad, lo cual significó una situación anárquica que algunas veces desembocó en la deserción o en la incorporación a la política o al ejército, donde eran bien recibidos por su capacidad intelectual.
Trazando una síntesis se puede afirmar que los obispos en general, habiendo sido nombrados por el sistema de Patronato, permanecieron más partidarios del Rey que de los nuevos gobiernos. Pero los sacerdotes que estaban en contacto directo con el pueblo, la aristocracia y los indios, se convirtieron en el respaldo incuestionable de la revolución. Los revolucionarios criollos eran en sus comienzos, minorías sin auténtico apoyo popular. Sólo el clero tenía la doble cualidad de poseer una cultura suficiente y un amplio campo de contacto con la población. Su posición resultó esencial para el movimiento emancipador.




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